Me senté en el bureau, acerqué el asiento hacia el teclado del ordenador, me dispuse a abrir el procesador de textos y a escribir una novela. Pero algo pasó por mi cabeza antes de escribir la primera palabra –nunca el título, pues el título debería ser lo último– que diera puerta abierta a un relato policíaco, literario, filosófico o cualquiera de los géneros que me viniera a la cabeza. Me pasó por la cabeza una pregunta que muchos antes que yo se habrán preguntado y que, curiosamente, se suele responder con la respuesta más simple del mundo, vulgar donde
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